Geoestrategia: el pilar invisible de las decisiones empresariales
El interés por Groenlandia es un ejemplo elocuente
Es indudable que la captura de Nicolás Maduro y su puesta a disposición de la justicia estadounidense han sacudido el complejo sistema de las relaciones internacionales. Pero más allá de su impacto político, también ha mostrado una realidad que el mundo empresarial debería tener en cuenta: la geopolítica ha vuelto para convertirse en un elemento central en la toma de decisiones estratégicas de las empresas y las instituciones.
Venezuela no ha cambiado las reglas del juego, pero ha sido un detonante informativo que ilustra cómo las dinámicas del poder pueden alterar mercados, expectativas de inversión, cadenas de suministro y escenarios regulatorios, a veces en cuestión de días. La gestión estadounidense de la economía venezolana, los asaltos a los buques petroleros de la llamada flota fantasma o las inversiones multimillonarias planteadas entre Donald Trump y ejecutivos de algunas de las mayores multinacionales del sector son un ejemplo de ello.
Durante décadas, las empresas internacionalizadas han operado en el entendimiento de que la globalización había atenuado el peso de la geopolítica. Con esta premisa, las decisiones estratégicas se sustentaban básicamente en criterios de eficiencia: lograr resultados con los mínimos recursos posibles. Hoy las cosas han cambiado. Asistimos a una etapa de competencia estratégica entre grandes potencias en la que Estados Unidos, China y Rusia –cada uno con sus instrumentos, tiempos y objetivos– pugnan por delimitar sus zonas de influencia y asegurarse el acceso a los recursos críticos para el desarrollo de las nuevas tecnologías. Este proceso no es coyuntural ni atribuible a una administración concreta; responde a una transformación estructural del sistema internacional.
El interés por Groenlandia es un ejemplo elocuente. Más allá de las formas del presidente norteamericano y de los llamativos titulares que genera, pone de manifiesto la creciente importancia estratégica del Ártico: nuevas rutas marítimas, acceso a minerales críticos, control tecnológico y proyección militar. Los Estados lo asumen como una cuestión de seguridad nacional, pero para las empresas es una señal de que territorios hasta ahora periféricos pueden convertirse en espacios centrales de competencia y oportunidad, aunque también de riesgo.
Mientras tanto, Rusia sigue utilizando la geopolítica energética como herramienta de influencia, al tiempo que China consolida una estrategia de largo recorrido basada en infraestructuras, dependencia tecnológica y acceso a materias primas. Ninguna de estas dinámicas es neutral para nuestras empresas, en particular para aquellas con presencia internacional o con cadenas de suministro complejas. Decisiones sobre inversión, localización de activos, alianzas estratégicas o acceso a financiación dependen cada vez más de factores geopolíticos que hace una década se consideraban secundarios.
En este contexto, el conocimiento geopolítico y las habilidades geoestratégicas ya no pueden ser ámbitos reservados a diplomáticos o analistas especializados. Deben formar parte del ADN de la dirección empresarial y de la planificación institucional. Evaluar un país únicamente en términos de rentabilidad económica, sin considerar su posición geopolítica, sus alianzas, sus vulnerabilidades o su exposición a sanciones y conflictos, supone asumir riesgos innecesarios.
La ventaja competitiva en el siglo XXI no reside solo en la innovación o en la eficiencia operativa, sino en la capacidad de anticipar escenarios, comprender los intereses de los actores globales y adaptar las decisiones estratégicas a un entorno internacional fragmentado y competitivo. Klaus Schwab, fundador y presidente del Foro Económico Mundial hasta abril del año pasado, lo sintetizó de forma magistral: en un mundo de cambios constantes la capacidad de adaptación es la nueva ventaja competitiva.
Pues bien, difícilmente podremos adaptarnos a aquello que desconocemos o menospreciamos. Entender la geopolítica no garantiza el éxito, pero ignorarla es una apuesta irresponsable y, hoy, excesivamente arriesgada.