Ímperfectos

... pero porque queremos?

Profesor Universidad Zaragoza y Patrono Grupo San Valero
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Por un lado, una costumbre editorial china era un bello recordatorio de lo imperfectos que somos; por otro parecía decir que lo somos... pero porque queremos

Por más tópico que resulte, es cierto que las lecturas son como las cerezas: tiras de una y te lleva a otra, y ésa a otras, que se te van enredando sin saber dónde acabarán y en ocasiones con riesgo de indigestarte. 

Leía hace poco el Elogio de las virtudes minúsculas, de Marina van Zuylen, un libro precioso en el que la autora hace una defensa de los límites y «la vida suficiente» frente a la tiranía del éxito y la obsesión por el poder y el reconocimiento, pero que me recordaba al comentario que oí una vez a la madre de mi compadre M., que aspiraba a que le tocase la lotería para seguir viviendo como vivía —decía— «pero pudiendo». Un deseo que en el Elogio se traduce en la búsqueda de la horaciana aurea mediocritas, la vida en equilibrio, que es un esfuerzo necesario e imposible a la vez. Como «la descansada vida» de fray Luis de León: la sencillez que nace de la experiencia de la sofisticación. O como esa austera sobriedad decrecentista de la que presumen los ricos, frente al exceso o la ostentación de los pobres. Ya saben, por ejemplo, que ahora lo más chic es el lujo anónimo y silencioso, frente al «marquismo» de los pobres. Para combatir el síndrome de lo insuficiente, Van Zuylen apuesta por desear sólo lo suficiente, sin percatarse de que es el propio picor del deseo lo que hace que lo segundo se convierta en lo primero. Y tal vez por eso la felicidad consiste en aprender a vivir con esa comezón insaciable y a convertirla en fuente de agradecimiento y admiración, en lugar de resentimiento. Porque el éxito nunca es suficiente, ¡pero «la vida suficiente» también es una forma de éxito!

Al igual que ocurre con las cerezas, la búsqueda de la «perfecta imperfección» de Van Zuylen me llevó a releer un fragmento de Resistencia de materiales, uno de los ensayos del poeta y filósofo Jorge Riechmann, donde cuenta una costumbre editorial china en la que «tras revisar las pruebas de un texto una y mil veces para eliminar todos los fallos, la fase final consistía en introducir una errata adrede». Cuando lo leí por primera vez quedé admirado: me pareció un gesto bellísimo que era a la vez un magnífico ejemplo de humildad —para conservar «la improbable medida de lo humano», como dice el autor— y de soberbia, como si fuera posible realmente eliminar todos los fallos.

Por un lado, la costumbre era un bello recordatorio de lo imperfectos que somos; por otro parecía decir que lo somos... pero porque queremos. Porque además la errata introducida podría ser lo suficientemente leve o insignificante como para pasar inadvertida o incluso resaltar la belleza del texto. Pero una errata calculadamente introducida ya no incomoda y deja de serlo.

Quien ha tenido relación con el mundo editorial sabe el dolor que producen no ya las pequeñas erratas inextinguibles, sino los errores de bulto, los desaciertos y las meteduras de pata, las equivocaciones. Eso es lo que tiene la auténtica imperfección, a diferencia de la impostada, que resulta molesta a la vez que inevitable.

Pero como escribe el poeta Imad Abu Saleh —y esta lectura vino de la mano de mi amigo y hermano J.— existir es equivocarse y el auténtico error es no hacerlo: «Bendito sea el corazón que aun desgarrado por las puñaladas del amor ⁄ anhela / —con sus postreros latidos— / una última puñalada. // Benditos sean la mariposa y la vela, el ratón y la trampa, el pie y el hoyo, la letra del niño que se sale de la raya» sin querer. Pues amén.

 

Artículo publicado en Heraldo de Aragón