Toda una vida: mi viaje de casi 40 años en San Valero

A pesar de todos los cambios la esencia de San Valero permanece

Docente de Fabricación Mecánica de Centro San Valero
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Mirar atrás y contemplar casi cuatro décadas vinculadas a un mismo lugar es un ejercicio que remueve muchas cosas por dentro. Cuando pienso en mi historia con San Valero, siento que no ha sido solo mi profesión. Ha sido el lugar donde he crecido como persona, donde he aprendido, donde me he equivocado, donde he compartido, y donde se ha ido construyendo una parte muy importante de mi vida.

Mi llegada al centro fue casi fruto del destino. Vine porque mi hermano ya estudiaba aquí. Mi intención era cursar la rama administrativa, pero al no quedar plazas libres terminé matriculándome en Metal. Quién me iba a decir entonces que aquel cambio inesperado iba a marcar tanto mi camino.

Durante mi segundo año tuve la oportunidad de marcharme a los Salesianos como aprendiz de CAF. Decidí quedarme. Mis padres, con una generosidad que siempre agradeceré, respetaron mi decisión. Aquel momento, que quizá entonces no supe valorar del todo, cambió el rumbo de mi vida.

Mis años de juventud coincidieron además con una etapa muy importante para nuestro país: la Transición española. Como alumno en prácticas en la biblioteca y participando en las convivencias del departamento de Religión, fui descubriendo en San Valero unos valores que me ayudaron a comprender el verdadero sentido de la democracia, de la libertad y del respeto. El colegio no solo me estaba formando técnicamente, también me estaba ayudando a crecer como persona.

El gran cambio llegó en 1987, cuando me propusieron incorporarme como profesor. Fue otra decisión trascendental que marcó mi vida. El colegio acababa de estrenar instalaciones y se respiraba una ilusión enorme por la nueva etapa que comenzaba. Consciente de la responsabilidad que se me presentaba, me propuse seguir formándome día a día, tanto técnica como humanamente, para poder dar lo mejor de mí a los alumnos.

A lo largo de estos casi 40 años, la educación ha cambiado muchísimo. Vivimos el paso de la antigua FP1 y FP2 a los ciclos formativos actuales. Fue un cambio profundo, difícil para todos, porque nos sacó de nuestras rutinas y nos obligó a replantearnos muchas cosas. Después llegaron nuevas leyes educativas, nuevas formas de evaluar y una burocracia que muchas veces nos ha pesado demasiado.

Pero, con el tiempo, prefiero quedarme con lo positivo. Todos esos cambios también nos han obligado a estar despiertos, a renovarnos y a recordar que, por encima de los papeles, lo verdaderamente importante siempre han sido nuestros alumnos.

Esa evolución nos llevó a trabajar por proyectos y, más adelante, a desarrollar los Retos. En ese camino descubrimos el enorme valor del servicio, especialmente a través de la colaboración con asociaciones de personas con discapacidad, aplicando lo que hoy conocemos como Aprendizaje Basado en Retos y Aprendizaje-Servicio. Son metodologías que exigen mucho trabajo y que nos obligan a salir de nuestra zona de confort, pero la recompensa humana es inmensa.

Ver la alegría de los alumnos, la emoción de las asociaciones y la satisfacción compartida al terminar un proyecto es algo difícil de explicar con palabras. En mi caso, esas experiencias han dejado una huella imborrable.

A pesar de todos los cambios, creo que la esencia de San Valero permanece. Para nosotros, lo importante siguen siendo las personas: los compañeros, las familias y, sobre todo, los alumnos.

Muchas veces, cuando las empresas nos piden alumnos, nos dicen algo muy sencillo y profundo: “Mándame a una buena persona”. Esa frase debería recordarnos siempre cuál es nuestro verdadero objetivo: formar profesionales competentes, sí, pero sobre todo seguir ayudando a construir buenas personas. Porque nuestra labor no consiste solo en transmitir conocimientos técnicos, que también. Acompañamos, orientamos, escuchamos y, a veces sin darnos cuenta, dejamos una pequeña huella en la vida de quienes pasan por nuestras aulas.

No hay nada más emocionante que comprobar que esa huella existe: antiguos alumnos que se acuerdan de nosotros después de los años, que nos llaman para contarnos cómo les va o que vuelven al centro porque siguen sintiendo esta escuela como su casa. Todo esto da sentido al esfuerzo realizado.

Ahora nos toca a quienes seguimos aquí cuidar el legado que recibimos de los fundadores de la Escuela, especialmente de Luis Lostao y Jesús María González. Un legado que no está hecho de ladrillos ni de edificios, sino de valores: valorar a cada persona por lo que es, hacer que cada alumno se sienta importante, y luchar especialmente por quienes más apoyo necesitan.

Debemos seguir defendiendo una educación que fomente la libertad, el diálogo, el esfuerzo personal y el trabajo en equipo; una educación que enseñe a convivir, a respetar al otro y a acogerlo, incluso cuando no lo hemos elegido como compañero de camino.

San Valero ha sido mi vida. El lugar donde crecí, donde aprendí y donde he tenido el privilegio de acompañar a muchos jóvenes en una parte de su camino. Y si algo he aprendido con los años, es que estamos aquí de paso y que las cosas materiales van y vienen. Pero que lo que verdaderamente trasciende y nos llevamos con nosotros para siempre es lo vivido, lo compartido, lo amado, lo reído y lo disfrutado junto a las personas que han formado parte de nuestra historia.

Por eso miro atrás con gratitud. Con el corazón lleno. Con la esperanza sincera de que todo el esfuerzo, el tiempo y el cariño puestos en esta casa hayan servido, aunque sea un poco, para mejorar la vida de tantas personas que han pasado por San Valero.