El deporte es cultura y, si me lo permiten, la cultura es deporte

Nos socializan y nos hacen sentir parte de una comunidad

Director del encuentro La Cultura del Deporte
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«La humanidad comienza por los pies»

André Leroi-Gourhan (antropólogo)

A veces, para dar sentido a ciertos silogismos actuales, tenemos que retrotraernos antropológicamente a nuestros orígenes.

Somos Homo faber, humanos con capacidad de fabricar herramientas, además de aprender creando con las manos. También somos Homo ludens, ya que tenemos el instinto innato de jugar y, de nuevo, aprendemos jugando. Puede parecer baladí, pero estas cualidades son clave para entender que la cultura y el deporte son lo mismo; o, al menos, nos aportan lo mismo, pero de diferente manera. Si hay dos aspectos que nos definen como sociedad y por los que un grupo o comunidad se puede identificar, estos son su cultura y los deportes que practican.

Los valores que aportan tanto la cultura como el deporte son únicos y plenamente pedagógicos, si se aplican bien. El deporte y la cultura son salud, bienestar, nos equilibran física y mentalmente. El deporte y la cultura nos socializan y nos hacen sentir parte de una comunidad.

Realizar actividad física y «consumir» cultura son esenciales. El confinamiento nos demostró que ambos son aspectos fundamentales para una buena salud mental; por ejemplo, sabemos que disminuyen la depresión y la ansiedad, entre otros aspectos.

La educación física en edades tempranas mejora la psicomotricidad para crecer adecuadamente y, en etapas posteriores, nos permite adquirir unos hábitos saludables que, en la mayoría de los casos, nos protegerán ante enfermedades en el futuro. De igual forma, el potenciar la creatividad en la infancia nos hará desarrollar unas capacidades que, posteriormente, podremos trasladar a muchas otras actividades de la vida.

Cultura y deporte son las mejores herramientas de socialización y transmisión de valores tales como la disciplina, el afán de superación, el esfuerzo, la resiliencia, el compañerismo, la autocrítica, la autoestima, la introspección, la perseverancia y el cuidado de uno mismo. Además, nos hacen sentir bien, por las endorfinas que generamos –la hormona de la felicidad– y por los momentos que compartirnos con los demás.

Aprendemos a través de las emociones y, en consecuencia, si estamos delante de una obra de arte que nos ha impactado, o viendo la final de un campeonato deportivo (sea cual sea la disciplina que sigamos), vamos a experimentar una eclosión maravillosa de emociones. Un cuerpo en movimiento, además, para un esteta es pura belleza, ya sea encima de un escenario bailando una danza clásica o disfrutando del mejor regate y remate de nuestro jugador favorito.

Las experiencias a través de nuestro cuerpo y la interactuación con nuestro entorno, ya sea con otras personas, objetos o espacios –urbanos o naturales–, hacen que adquiramos conocimiento, y ese bagaje nos sirve para futuras situaciones.

La neurociencia ha demostrado que el movimiento nos hace ser más creativos. Las sociedades avanzan a través del movimiento y a través del arte y sus movimientos artísticos. La educación integral y humanista siempre ha abogado por el lema latino Mens sana in corpore sano: cuidar el alma y el cuerpo, dar ese equilibrio tan aristotélico a nuestra vida.

En realidad, la cultura y el deporte nos hacen humanos, y ahora, más que nunca, necesitamos ser conscientes de cuidarnos en todos los aspectos.

Volvamos de nuevo a nuestros orígenes ancestrales

La bipedestación desarrollada durante millones de años de evolución permitió al Homo sapiens una gran resistencia en sus desplazamientos, practicar un nomadismo de larga distancia y liberar las manos. Nuestros ancestros comenzaron a pintar en los abrigos de las cuevas, y algunas teorías apuntan a que el objetivo era propiciar la caza. Por antropología comparada, también pensamos que comenzaron las danzas y liturgias «teatralizadas» por los chamanes, generando mitos y, por ende, una cultura.

Si el Homo sapiens pudo evolucionar y llegar hasta la actualidad fue porque eran «cazadores por persistencia», esto es, corrían en grupos para hostigar y agotar a sus presas. Los tarahumaras, al igual que la comunidad de los nandi de la tribu de los kalenjin en Kenia, siguen practicando este método desde hace miles de años. Correr para sobrevivir, para comer, para comunicarse, para jugar, correr como concepto de vida. El sentido de la vida es correr, estar en movimiento, para avanzar, para conocerse, para relacionarse, para ahondar en nuestro ser insondable.

Muchos practicamos deporte y nos sumergimos en la cultura para entretenernos y como catarsis con la que liberar nuestras tensiones, y es así como sublimamos nuestros deseos, como evasión a la vorágine y presión diarias. La calidad de vida de una persona se debería medir no por los bienes que puede acumular, sino por las actividades culturales y deportivas en las que participa (o de las que es protagonista).

Yo, cuando corro, leo, pinto o hago una performance, siento lo mismo: pienso, sonrío, respiro, miro, sudo, comparto, me siento vivo, me muevo y avanzo, vuelvo a pensar, reflexiono, planifico, hablo, escucho, toco, huelo, indago, descubro, me late el corazón con pasión, fluyo, recuerdo y sueño que puedo alcanzar todo lo que me plantee.

Nos cuidamos cuando estamos en forma, cuando vamos a un concierto, cuando leemos una novela, cuando escuchamos un recital de poesía, cuando vamos a ver un partido de baloncesto al pabellón, cuando vemos con los amigos una retransmisión de una final, cuando paseamos con nuestra pareja y nuestro perro. Nos cuidamos cuando participamos en un taller de teatro. Nos cuidamos cuando descansamos y comemos la dieta mediterránea. Nos cuidamos cuando soñamos.

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